Viaje al país de las maravillas

Viaje al país de las maravillas
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Estos días me he ido de viaje con la imaginación: he estado leyendo con mis hijos ‘Alicia en el país de las maravillas’. Me encanta leerlo y releerlo, siempre me transporta a ese mundo de asombro infantil en el que todo es posible: un gato que habla, un pastel que hace crecer, un conejo que se preocupa por la hora… sin duda un país visto con ojos de niño.

Y es que los niños tienen una capacidad maravillosa para pensar en cosas imposibles. Es su manera de admirarse ante aquello que es, pero que podría no haber sido. Se asombran porque no dan el mundo por supuesto como hacemos tú y yo, como hacemos todos los adultos, sino que lo ven como un regalo: ¡todo es maravilloso!

Sin ir más lejos, ayer estaba en la playa y pude observar a un niño de unos dos años jugando alegremente con una bola de posidonia. La lanzaba y corría tras ella riendo y gritando: “¡Una pelota, una pelota!”. Su abuelo iba detrás sin poder seguir su ritmo: “¡No, para, la pelota la tiene la abuela! Dale, dale la pelota -dirigiéndose a la abuela-“. ¿Crees que el niño le hizo caso? ¡Claro que no! Él estaba asombrado con su descubrimiento y seguía lanzando su bola de posidonia y corriendo felizmente tras ella…

Ese asombro es lo que motiva al niño internamente, lo que lo mueve a aprender, a satisfacer su curiosidad, a ser autónomo. La motivación interna del niño es su estimulación temprana natural, la que debemos potenciar para que el asombro, que es innato, pueda funcionar bien. Y para ello, nada mejor que un entorno respetuoso.

Vivir sus emociones

¿Te has parado a pensar que cuando eras niña o niño tú también hacías todas esas cosas por las que ahora en muchas ocasiones pierdes los nervios? O si no las hacías, ¡seguro que anhelabas hacerlas! ¿Acaso no te gustaba saltar sobre la cama cuando era la hora de irse a dormir? ¿O corretear por toda la casa cuando había que vestirse para salir? ¿Qué me dices de coger la comida con las manos o llenarte de barro saltando en un charco un día de lluvia?

Ya sea que tuvieras una infancia respetada o, como yo, tu infancia haya sido algo hostil, todos, de alguna manera, necesitamos sanar nuestro niño interior. Y las que somos madres (o padres) tenemos a los mejores guías: nuestros hijos.

Ellos pueden ayudarte muchísimo a sanar. Tan solo tienes que entrar en su mundo, tal cual Alicia dejándose caer por la gran madriguera, dejarte llevar por sus locuras de niños, sin juicios, sin reproches, solo sintiendo y liberándote.

Para vincularte emocionalmente con tus hijos diariamente tienes que sentir en tu piel al niño o niña que un día fuiste. Es algo que hacemos constantemente en nuestras clases de música: tirarnos por el suelo rodando tal cual pelotas, imitar animales como si se nos fuera la vida en ello, bailar con pañuelos y telas de colores, movernos como mariposas en el aire… Como dice Aguamarina del blog ‘De mi casa al mundo’, una cosa es jugar un ratito con ellos a hacer un puzzle o leer un cuento, y otra muy distinta, meterse en su mundo y desinhibirse por completo. Ella propone aquí un ejercicio sencillo de Evania Reichert (autora de ‘Infancia, la edad sagrada’), y yo te propongo además un ejercicio de visualización que aprendí de Tania García (fundadora de Edurespeta).

Estos son los dos ejercicios:

  1. Se trata de entrar en movimiento durante unos minutos, moviendo todo el cuerpo, bailando, corriendo, saltando, moviendo brazos y piernas… lo que se te ocurra hacer sin sentido, sin buscar ningún objetivo. Después para por completo, quédate de pie y cierra los ojos. Céntrate exclusivamente en tu respiración y en la energía que brota de tu cuerpo (un estado de activación muy alto), y siéntela. Es una sensación maravillosa. Y esa es la energía que siente un niño pequeño todo el tiempo, que le impulsa a descubrir el mundo, a jugar, a disfrutar… (Puedes probar este ejercicio con la canción de nuestro Conejo danzarín).
  2. Piensa en algún momento de tu infancia, puede ser un día concreto, uno especial y feliz o uno doloroso y triste; trasládate a ese momento. Después, permítete revivir el aluvión de emociones y recuerda el niño o niña que un día fuiste mirándote al espejo y sintiéndote. Toca tu cara, tu pelo, tus labios… y esfuérzate por ver el reflejo que un día viste. Explícale cómo te sientes y eres ahora y lo lejos o cerca que estás de ser quien un día deseaste. Sentirnos cerca de nuestra infancia nos ayuda a estar muy cerca de nuestros hijos e hijas, conectados y acorde con sus necesidades emocionales y mentales.

Siente en tu piel al niño o niña que un día fuiste para relacionarte emocionalmente con tus hijos diariamente, y cuando desfallezcas, piensa en ese reflejo, en cómo le gustaría verte a ese niño o niña que vive dentro de ti.

Jugamos con la música

Como mejor desarrollan los niños su propia personalidad es teniendo una relación de calidad contigo, su mamá o papá, durante los primeros años de vida. Y ese es el objetivo de nuestras propuestas: regalarte momentos de juego con tus hijos, de afecto, de alegría. Para ello he preparado una nueva actividad, un sencillo juego de falda para contribuir a reforzar vuestro vínculo.

A los niños la repetición del juego les sirve como entrenamiento de diferentes habilidades:

  • Estimula su oído y su sentido del ritmo (el juego propuesto es un recitado de métrica doble. Pronto te explicaré qué significa).
  • Refuerza su autoestima, ya que el hecho de que alguien esté jugando con él significa que su persona es importante.
  • Proporciona seguridad y placer al descubrir que “sabe” lo que va a ocurrir después.
  • Desarrolla sus habilidades motrices al reforzarse con diferentes movimientos su tono muscular, coordinación y equilibrio.
  • Desarrolla su memoria.

– Mi hijo de 8 dice que tengo un bebé muy peludo 😀 ¡y hasta el de 11 ha querido probar! Por supuesto, ya no puedo hacer aúpa con ellos… pero siguen pidiéndolo por si acaso 😉 –


Basado en el recitado ‘Upupa’, del libro Pongo Musicale de Paola Anselmi.

Hay muchísimos juegos de falda, ¿recuerdas alguno de tu infancia? Si te apetece dejarlo en los comentarios, me encantará leerte.

Un fuerte abrazo,

Arantxa

 

“Siente en tu piel al niño o niña que un día fuiste”. Tania García.

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