La alegría de hacer música

La alegría de hacer música
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El verano huele a alegría, a días radiantes, campos dorados y cielos despejados. En nuestra casa huele también a fiesta de globos y confeti de colores, a sandía, a cometas con colas que no se acaban, a risas y juegos. Huele a azul de playa y mar, a pompas de jabón, a helados y a una casa en el árbol. Esto último es un sueño, pero es que he visto una que me ha enamorado :))

Después de meses transitando la tristeza debido a un tema hondo y personal, y a un cáncer, maldito cáncer que no me ha tocado a mí pero sí a lo más profundo de mi ser, conectar con la alegría me ha resultado algo casi mágico y revelador. El verano me ha dado mucha luz y me he puesto a trabajar con ganas en el nuevo curso. Cosas muy bonitas están por llegar.

Y es que la música puede ser un recurso poderoso para nosotros en la creación de vidas más felices y saludables.

Lo he vivido diariamente estos últimos años, en las escuelas, con los niños, con las maestras, con las familias… la música es capaz de hacernos conectar con cualquiera de nuestras emociones primarias, pero sobre todo con la alegría. He visto bebés y niños llorar de pena al escuchar una melodía y conectar con la tristeza. También he escuchado chillidos de rabia y enfado al no querer escuchar una música determinada. Incluso algún niño se ha escapado alguna vez por el miedo que la música le producía. Pero lo que más he visto han sido sonrisas, saltos y brincos, ganas de compartir ternura, curiosidad y risas.

Eso es alegría, una experiencia intensa y momentánea de emoción positiva que nos hace sonreír, reír y sentir que queremos saltar. Es diferente de la felicidad, que mide qué tan bien nos sentimos en el tiempo. La alegría es sentirse bien en el momento, ahora mismo.  ¡Y qué bien saben de esto los niños! Como cultura, estamos obsesionados con la búsqueda de la felicidad y sin embargo, en el proceso, pasamos por alto la alegría. 

Todos comenzamos alegres, pero en la medida que crecemos perdemos esa espontaneidad característica de la alegría; hacer grandes demostraciones de alegría nos expone a ser juzgados. Los adultos que exhiben alegría genuina a menudo son desechados como infantiles, poco serios o autoindulgentes, y entonces nos alejamos de ella. 

Como educadora, me he planteado generar alegría en el aula así como en mi propia vida. No estoy pensando en hacer una fiesta o sorprender un día con un regalo o una caricia, sino en convertir conscientemente la alegría en una vivencia cotidiana para los niños. 

Hace unos años participé en un proyecto para la mejora educativa musical en la infancia. Durante el proyecto debía escribir un diario personal, realizar una serie de clases y anotar todas las reacciones que percibía, tanto las mías como las de mis alumnos, además de contestar a diversas preguntas centradas en la observación de los niños. Entonces llegué a la conclusión de que no dependía de mi forma de ser “guay” o “divertida”, ni de mi implicación emocional que realmente me agotaba. Se trataba de desarrollar una afectividad consciente, asumiendo la responsabilidad de educar a los niños y niñas, y no tan solo de transmitirles conceptos o ideas musicales que igualmente no calaban si no había antes un vínculo, una relación bien cuidada.

Y después de todo este tiempo, he llegado a la conclusión de que para lograr asumir esa responsabilidad la alegría es imprescindible y que es necesario crear un sistema, un entorno y unos procesos que la promuevan. Pepa Horno, en su libro “Educando la alegría”, nos da la clave y no puedo estar más de acuerdo: la manera de hacerlo es mirando hacia nuestro interior, creando consciencia de nuestras vivencias, atendiendo a las cosas que hacemos, pero sobre todo a cómo las hacemos y a para qué las hacemos.

Desde esta óptica, nuestra mirada consciente, ya sea en un entorno familiar como en las escuelas, es imprescindible para el proceso educativo. Y dos son las palabras clave para conseguirla: autocuidado y valentía.

La primera mirada tiene que ser hacia nuestro interior, hacia nuestra propia historia afectiva, hacia nuestra consciencia corporal y nuestras pautas de autocuidado.

Como dice Borja Vilaseca: “Conocerse a uno mismo es una cuestión de honestidad y humildad, y si bien este proceso puede resultar al principio incómodo y doloroso, asumir la verdad que reside en nuestro interior nos convierte en personas más conscientes y responsables, y en consecuencia nos permite mirar a los demás con más empatía, con mayor comprensión y aceptación”.

La segunda clave es atreverse a ser valiente, vencer nuestros propios miedos que se manifiestan en nuestra necesidad de control y en la rigidez de nuestros hábitos, y confiar en los niños, en sus capacidades y en el vínculo que creamos con ellos basado en una comunicación profunda.

Si a ello le sumamos la música que nos hace vibrar, que favorece la conexión emocional, el movimiento y la conciencia corporal, así como las actividades grupales y la integración emocional, estaremos en el camino de educar la alegría. 

La música nos impulsa a la alegría, y en el nivel más básico, el impulso hacia la alegría es el impulso hacia la vida.

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